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Cárcel Las Mercedes: Presos, hacinados y en el olvido

Bajo el sol inclemente retumban los golpes a la puerta azul. La hendija inferior impide saber con certeza si hay alguien ahí adentro esperando para abrir. Alrededor de esa pequeña entrada peatonal se levantan paredes que se perciben enormes, murallas que poco o nada permiten saber de lo que ocurre adentro. Unos cinco minutos después, un guardia permite el acceso. Habiendo superado el consabido protocolo, ya se está adentro de este mundo desconocido para muchos y tenebroso para otros, la Cárcel Las Mercedes de Montería.

Este jueves 1 de diciembre, Raúl Emiro Sánchez López cumple diez años preso en la Cárcel Las Mercedes. Tiene 41 años y está condenado a 27 por homicidio. De entrada, lo primero que aclara es que está allí por algo que no hizo: “Sinceramente estoy pagando una condena por un delito que no cometí”, dice.

Tiene dos hijos y una nueva esposa, a ella la conoció porque era visitante asidua de una reclusa. Entre rejas, un nuevo amor nació. Ahora, tiene tres motivos suficientes para levantar la mirada, para no desfallecer mientras el tiempo de su condena pasa.

Raúl nació en Barranquilla y fue criado en Urabá. Sobre el pequeño entorno en el que vive desde que tiene 31 años, dice que es un mundo muy aparte al mundo exterior, en el que mientras unos están en proceso de resocialización; a otros de nada les vale el sufrimiento, la estadía, el hacinamiento, el dolor de las familias. “El día que salen repiten la historia”.

Pese a que es una larga condena, en muchos momentos piensa en lo que ocurrirá cuando salga. Uno de sus grandes miedos es la marca que dejará la cárcel en su vida, una seña que difícilmente la sociedad acepta: “Muchos tenemos la buena intención de cambiar, pero llegamos a la calle y la sociedad y nuestras familias nos estigmatizan por haber pasado por un centro penitenciario, seamos culpables o no. En ese momento se dificulta conseguir trabajo, retomar la vida”.

Sigue sin acostumbrarse a las condiciones de la cárcel, al hacinamiento: “Los derechos los tenemos a donde quiera que vayamos y aquí la población carcelaria se dobló. Vivimos en condiciones inhumanas, pero tenemos que resignarnos”.

Su resignación lo llena de tristeza y al mismo tiempo le ayuda a pensar en que algún día saldrá. Le duele saber que este será su décimo diciembre sin el calor de su familia. “El 24 y el 31 nuestras familias vienen a visitarnos, se van y nosotros seguimos aquí. Eso da tristeza. Voy a completar diez navidades y 10 años nuevos así: viendo que la familia se va y yo me quedo. Alegría en la calle y tristeza en la cárcel, es duro. Como yo, viven miles y miles de internos en Colombia. De todas formas cuando quede libre, por más que quiera hacer muchas cosas, ya el tiempo pasó. Me toca comenzar de cero, soy un don nadie”, dice.

Se puede ser líder en la cárcel

José William Parra Arroyave es de Medellín, lleva dos años y medio preso por reclutamiento ilícito. Desde que tenía seis años su familia se trasladó con él a Barranquilla. Luego, por cosas del destino -asegura- terminó desarrollándose económicamente en Córdoba como comerciante. Ahora, desde la Cárcel Las Mercedes, por obvias razones su vida es otra.

Para él, lo más difícil ha sido adaptarse a las condiciones, al hacinamiento, a la infraestructura. “Eso genera tortura en cada uno de nosotros. El estado de ánimo se transforma, no es el mismo. La estancia se hace amena por ser un líder en la comunidad carcelaria, eso da satisfacción. Ser líder es algo innato en mí, hace que me mantenga ocupado”, dice.

Eligió ser representante de patio, un cargo que dentro de la cárcel desempeñan quienes, como él, ejercen liderazgo. El objetivo es velar por la buena convivencia, bajar la tensión existente, propiciar la comunicación y despertar el sentido de pertenencia entre sus compañeros. En total son 9 los representantes de patio, cada uno tiene un comité y ese equipo de trabajo vela por el bienestar en su pabellón.

Sus grandes ojos verdes se abren de par en par mientras habla. Impresiona su elocuencia, la capacidad que tiene para hilar cada palabra que sale de su boca. “Buscamos cómo aportar, cómo dejar huella y que el delito quede fuera de nuestras vidas. Llevamos casi dos años sin conflictos graves o muertos. Lo normal es que el hacinamiento genere peleas, pero estas no han sido de sangre y ante estos problemas los representantes conversamos para garantizar una buena convivencia”, explica.

Es insistente en sus funciones como líder, luce apasionado mientras se refiere al respecto. Relata las soluciones conjuntas que gestionan él y sus compañeros para lidiar con los problemas de hacinamiento y de sanidad, los cuales considera que son generadores de violencia, como también lo es el consumo de drogas: “Hemos emprendido campañas para disminuir el consumo de estas, pero ha sido difícil. Tratar de orientar a la población carcelaria a que la droga es uno de los mayores problemas es meterse a la boca del lobo”.

Está condenado a tres años y tiene un proceso paralelo. Ya antes había pagado condena y cuando salió la Ley de Justicia y Paz debió volver a la cárcel para terminar de responder por sus actos: un delito que no le habían reclamado hasta entonces. Prefiere no hablar del tema.

Al preguntarle por el efecto transformador que puede tener la estancia en la cárcel para una persona, responde: “Si realmente yo me amo, amo mi familia, amo mis hijos y recuerdo el dolor que mi madre pudo haber sentido al haberme parido, lo que gimió y lo que lloró, y lo que lloran hoy nuestros padres y nuestras familias, cambiamos con un solo año que estemos en este lugar”.

Desde su experiencia, la reincidencia en actos que atentan contra la ley responde al consumo de drogas y a la pérdida de la escala de valores. Para él, “el trabajo para la resocialización de un interno es una cadena: sociedad, familia y uno mismo, pero la droga influye en un 90%. La mayoría sale con un pensamiento diferente, pero ante la falta de oportunidades, la indolencia del Estado, las malas amistades y tantas cosas más, otra vez reincide”.

Se mueve como pez en el agua en el lugar. Se apresura a terminar la entrevista porque debe ir a resolver algo que ocurrió con la motobomba de su patio. Antes de partir, concluye: “Lo que más extrañamos estando aquí son los hijos y nuestros padres. No añoramos una cerveza o diversión. Añoramos el amor de una familia“.

“La realidad superó a la ley”, Sebastián Espinosa, director de la Cárcel Las Mercedes (2015-2016)

En total, el terreno en el que fue construida hace 58 años la cárcel tiene una extensión de 82.167 m2. Son 10 patios y hay en la actualidad cerca de 1910 presos. De esos patios, uno es para mujeres (102 aproximadamente). El hacinamiento ha aumentado en un 117% sobre la capacidad ocupacional, que es para 880 internos. Para entender un poco el panorama de lo que ocurre en la Cárcel Las Mercedes, Sebastián Espinosa, director del penal, concedió esta entrevista a La Prensa Web, en la que habla de las principales dificultades y soluciones que se plantean para los internos.

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¿Cuál es la principal problemática en la Cárcel Las Mercedes?

La problemática del hacinamiento repercute en la actividad misional del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec), que es la de resocializar a la persona que ha sido condenada y devolverla distinta a la sociedad. El hacinamiento no solo se evidencia al interior de los patios, sino también en nuestra planta de personal. Así como la infraestructura fue dotada para atender 880 internos, la planta de personal también está dotada para la atención de ese número de internos. En la actualidad la cifra de internos es aproximadamente de 1910.

¿Qué solución hay?

Por ejemplo, contamos con solo un psicólogo para atender a los casi 2000 internos que hay y no tenemos trabajador social. Lo que hacemos es buscar apoyo de universidades con facultades de Psicología, Derecho, Trabajo Social y otros. En ellos soportamos la ausencia de personal administrativo que pueda atender las necesidades y la actividad misional, que es nuestra obligación con los internos.

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¿Por qué el hacinamiento?

El sistema penitenciario nacional está diseñado para atender a los condenados, esa es la obligación que legalmente nosotros tenemos, pero resulta que la realidad superó a la ley y la población de sindicados es superior a la de condenados. Los programas de resocialización no aplican para los sindicados porque todavía no han sido condenados, no se les ha vencido un juicio y probablemente puedan salir inocentes.

Este es un eslabón del sistema judicial con una falla. Se supone que no es mucho el tiempo que un sindicado debería permanecer en la cárcel y en promedio dura de 3 a 5 años sin que se defina su situación jurídica, lo cual se convierte en una carga para nosotros, que no está dentro de la ley o dentro de todo el ordenamiento de lo que es la institución. Intentamos atenderlos a todos, pero nuestra prioridad son los condenados. Actualmente el 55% de la población de la cárcel Las Mercedes es sindicada, eso equivale a 1050 internos aproximadamente.

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¿Es entonces una falla en el sistema judicial?

Con los sindicados, en las cárceles manejamos el hacinamiento de las personas, pero en los despachos judiciales está el hacinamiento de los procesos. Las cárceles tienen tan mala fama porque albergan a las personas, pero en los despachos judiciales está la misma problemática, pero en carpetas: mientras tanto la persona está esperando. Ese es el eslabón, vienen unas fallas estructurales desde arriba. Que pase tanto tiempo sin definirse una situación jurídica, eso habla de que algo falla dentro del sistema judicial.

¿Eso repercute en la reincidencia del delito?
Quizá esas personas, al tener que esperar por años a que se resuelva su situación, salen resentidas y esto no es por el tema carcelario como tal, sino con la justicia: los llevan presos, duran años y luego les dicen: lo siento, nos equivocamos.

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¿Y con los condenados cómo son las cosas?

Con los condenados están los programas de resocialización: artesanías, reciclaje, educación y otros más que permiten administrar la pena para redimir tiempo. Se hacen acercamientos con jueces de ejecución de penas para que conozcan la realidad de esos reclusos y se puedan incrementar los índices de libertades. Eso merma el hacinamiento.

El reto: convertir el ‘infierno’ en ‘paraíso’

El acompañamiento psicológico es fundamental dentro del penal. Desde que una persona ingresa a la cárcel, se topa con una situación completamente desconocida. El encuentro con nuevas personas, la pérdida del hábitat natural, la convivencia, la alimentación, el encierro, el hacinamiento y una cantidad de factores van apareciendo. Ante eso, la adaptación solo se da a través del tiempo, que es el mejor aliado en el acompañamiento.

Al respecto, Ubaldo Mercado Ayala, psicólogo de la Cárcel Las Mercedes desde hace seis años, afirma: “La personalidad, la cultura y muchos otros factores inciden en la adaptación. Muchos se adaptan con facilidad, a otros les cuesta mucho, especialmente por la convivencia, por la privacidad que se pierde. No es igual estar en la casa, que estar compartiendo con 180 o 200 internos”.

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Por el encerramiento y el estrés es normal que predomine la idea suicida, por eso se lleva a cabo el programa de preservación de la vida. Lo más recurrente es el parasuicidio (Intentar cortarse las venas), una forma de llamar la atención porque se sienten aislados y encerrados, y por el consumo de las sustancias.

En la medida de sus posibilidades, la cárcel brinda al interno atención interdisciplinaria: guardia, psicología, medicina, odontología, trabajo social, nutrición y otras áreas. Por medio de la actividad física y de ejercicios en pro de la salud mental se trata de que haya mejor adherencia al proceso de adaptación.

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Desde que el interno llega a la cárcel se maneja su parte individual con una evaluación de entrada que se aloja en la historia clínica psicológica y en la historia clínica médica. Médico y psicólogo hacen esas evaluaciones y detectan qué cosas trae de afuera la persona. “Hemos encontrado que de afuera llegan muchos con farmacodependencia. Llegan con esas situaciones y acá viene el problema, pues si no encuentran la droga, cuando están en abstinencia entran en crisis o la reemplazan por otra cosa que le trae el familiar -como un fármaco- u otro interno que consume algo se lo transfiere”, indica el psicólogo.

Marihuana y basuco son las drogas que más consumen dentro de la cárcel, les sigue la cocaína. El delito que ha cometido el individuo también es relevante en la evaluación principal inicial porque permite ubicarlo en un perfil de personalidad y definir con qué tipo de otro interno puede estar: delincuente, psicópata, antisocial, sociópata, depresivo, obsesivo, obsesivo compulsivo, farmacodependiente y otros. La tendencia siempre es ubicar en un patio que sea seguro para la persona.

El hacinamiento es el reto más grande, pero el centro carcelario a nivel nacional tiene como propósito que estas personas se rehabiliten en algo. “En Las Mercedes, gracias al programa de alfabetización ya tenemos tres internos con grados técnico o profesional”, explica Mercado Ayala, quien añade que a esos programas se suman talleres educativos en derechos humanos, convenios con Sena, universidades, actividades deportivas y lúdicas, bisutería, taller de ebanistería y granja, por mencionar algunos”.

Con el fin de que estas personas tengan más posibilidades de emplearse al terminar su condena y salir a la calle. El centro penitenciario informa previamente a la base de preliberados de esas salidas, desde allí se trata de ayudarle al interno, meses antes de salir, a organizar un proyecto de vida con el fin de que cuando salga ponga en práctica lo que aprendió adentro. Sobre si esta estrategia tiene o no buenos resultados, el psicólogo en mención indica: “Es como en la escuela, donde hay malos, buenos y regulares estudiantes. Hay quienes dicen que si salen, harán lo mismo. La solución para ellos es la cárcel para siempre o que les pase algo en la calle”.

Un problema generalizado

Según la Unidad de Servicios Penitenciarios y Carcelarios, con corte a 31 de agosto de 2016, el sistema penitenciario en Colombia tiene 136 establecimientos de reclusión y 78.055 cupos. La población carcelaria es de 120.721 personas, lo que equivale a una sobrepoblación del 54,7 por ciento.

El Estado construirá tres establecimientos de reclusión del orden nacional que deberán estar listos para 2021. Estos estarán ubicados en Sabana de San Ángel (Magdalena), Riohacha (Guajira) y Pereira (Risaralda). Este proyecto fue aprobado en Documento Conpes 3871 del 3 de noviembre de 2016 (Consejo Nacional de Política Económica y Social), del Departamento Nacional de Planeación (DNP), para dar cumplimiento al Conpes 3828, el cual definió la política penitenciaria y carcelaria en Colombia.

Cárcel Las Mercedes: Presos, hacinados y en el olvido
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