Decadencia

En el complejo ramaje identitario que describe a América Latina como un continente sólido culturalmente, algunas voces con tímida precaución, disienten. Raíces maltrechas y hojas muertas hablan de un Árbol cuya identidad popular se muestra en decadencia, y una sombra ambigua a sus pies desdibuja la tradición, la transforma en sonidos y escrituras que al pasar del viento, vuelve lamentos.

Bajo el cielo de América Latina, cuando los primeros albores del nuevo siglo ya han pasado, cuando las novedades del milenio se han esfumado, ¿qué nos distingue y nos hace únicos? ¿Al amparo de cuales manifestaciones nos seguimos mostrando? ¿Continuamos en la senda de ser auténticos  o ahora solo somos un espejo de feria que produce una imagen deformada, con la cual se construye apenas una caricatura de varias civilizaciones mezcladas?

Interrogantes absolutos sobre la identidad de Latinoamérica y sus gentes, que no despiertan el interés necesario ni en la intelectualidad acomodada de los nuevos actores generacionales, ni en la conforme masa, abstracta, abyecta, renunciada a sí misma.

Este continente rodado hacia el sur, pareciera no estar asimilando, absorto en su caudal de recuerdos, que el tiempo, como cualquier buen par de zapatos, requiere ajustes en los cordones. Las leyendas populares de América latina, superadas largas décadas de gloria y esplendor, no podrán por mucho más, sobrevivir al implacable ritmo de los nuevos días y las nuevas noches que moldean el tiempo presente.

Panorama gris para la cultura popular y la identidad raizal de los latinoamericanos. Asoma en premonitoria advertencia aquella paralizante sentencia de Octavio Paz, que profetizaba que terminaríamos siendo un Paris mal copiado con indios disfrazados de ingleses y criollos posando como nobles de pacotilla. Una Europa imitada pero con escenografía pobre.

Eso apenas, una consecuencia de las frágiles construcciones culturales que demarcan la posible nueva geografía continental.

Cuando decae la cultura se suprime el rigor artístico, se hace superflua la creación, se aligera el talento. En la gente por supuesto, se percibe la pérdida de estilo.

Tal como en todas las instancias del desarrollo humano, igual en el arte y la cultura popular subsisten diversos niveles de calidad. La cuestión se complica cuando obsecuentemente aceptamos condenarnos a definirnos por lo más bajo. No hay murallas que defiendan ninguna ciudad donde sus habitantes renuncian a su dignidad. Las primeras catapultas de piedra que desde adentro se lanzan a sí mismos, sepultan de indiferencia. Es esa la forma de las ruinas que menciona el escritor Juan Gabriel Vázquez.

Justo ahí, empieza el declive. Justo entonces deviene el gusto por las telenovelas de mafiosos antes que leer a Gabo, Borges y Neruda. Ahí se construyen las nuevas taquillas para las «películas» de Dago García y se abandona el aprecio al cine de Gabaldon o Gonzáles Iñarritu.

De ahí viene el diseño de la espantosa arquitectura contemporánea de cajetas con ventanas, antípodas de la belleza colonial que homenajean todavía a Cartagena y la Habana. Ese es el germen del reggaeton efímero con su descarga estruendosa que apabulla al bossa nova, al tango y al bolero eterno.

Antes, como estandartes del folclor popular de América, Felipe Pirela y Bola de nieve eran finos y refinados universalmente en cualquier escenario, igual que Pablo Milanés y Gaetano Veloso.

Y por supuesto que no,  no son categorías generacionales ni excluyentes unas de otras. No es una diatriba contra géneros musicales o algunos artistas, ni más faltaba. Tan buenos como cualquiera son Wisin, los tigres del norte, Maluma o Jorge Celedón.  Tan nuestros el vallenato, la balada pop o la champeta.

Se trata entonces, primero de sostener las categorías del buen gusto y el equilibrio que cabía en la exigencia del arte popular. Pero sobre todo, categorías elevadas en el aporte a la identidad gentil y educada, libre y transgresora pero al mismo tiempo, llena de respeto y formalidad.  Y se trata, segundo, de no aceptar la uniformidad agobiante de la ramplonería estética cuyo disfraz para todos los gustos, es su base «popular».

Los maestros Dudamel, Arrau, Villalobos y Baremboim  son tan latinoamericanos y en esencia del arte popular nuestro, como lo son Calle 13, Selena y El Rey del despecho. Pero sin aplicaciones diferentes a la forma y el contenido, o al encuentro con otras declaraciones culturales de latitudes más extensas, ¿Con cuáles de ellos  Latinoamérica se hace universal en el nivel más alto?

Así como los Norteamericanos aprendieron a mezclar  a Liberace y Elvis  con  Sinatra, Cole Porter y Gershwin, Los Españoles le dieron duende gitano a la pandereta y los churumbeles, asociándolos con Serrat, Camaron de la isla  y Paco de Lucía. En Francia Edith Piaff, Aznavour e Ives Montand le otorgaron a la canción popular su enorme calidad y belleza.

En todas partes, es cierto, el arte y la mal llamada Cultura popular, producen almibar cursi y desbaratador, pero también es cierto, que es menos vulgar donde el pueblo es más educado.

La barrena cultural se extiende. ¿Quiénes son remplazo de Agustín Lara, de Ernesto Lecuona o Escalona? De Olga Guillot y la inmortal Celia?

Y sabido es para quienes hacen la estructuración sociológica de las identidades culturales, que su etapa de desvaloración contagia los demás ámbitos. Como prueba, es mucho lo que va de Maduro a Perón, de Petro a Carlos Lleras y de Timochenko a Fidel.

¿Nostalgia de los tiempos idos? Insisto, no soy tan viejo. Simplemente, sin objetar los gustos ni los estilos, se hace registro de la Decadencia por doquier. La tristeza se percibe en el ambiente de un submundo Latinoamericano más cerca del desastre que del progreso.

Tal vez puedan ser los aconteceres cercanos los que me hacen perder el optimismo y me muestran en la bruma del amanecer, un apocalipsis escondido tras la demagogia del facilismo y la vulgaridad. O será más bien que sin importar los años, no quiero dejar atrás en mis recuerdos, todo aquello que siendo popular, era al mismo tiempo elegante y exquisito.

Perdonen la triste franqueza.

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